Hablemos de un tema incómodo y necesario: la Unión Soviética. Si hay algo que el debate político actual ha hecho mal es caer en extremos. O la demonizamos hasta borrar cualquier logro, o la idealizamos ignorando sus crímenes. La realidad histórica es más matizada, y entenderla es clave para no repetir errores. Empecemos por lo claro: la URSS no es un modelo literal a seguir. Su legado está manchado de sangre. El sistema del Gulag, las purgas estalinistas, la represión brutal de cualquier disidencia y las hambrunas provocadas por una colectivización forzada son crímenes que ninguna narrativa puede justificar. A largo plazo, su modelo económico derivó en un estancamiento burocrático, escasez crónica y una ausencia total de libertades civiles . Quien ignore esto, no entiende la historia. Pero decir que todo fue un fracaso es tan falso como decir que fue un paraíso. Hay ámbitos donde la Unión Soviética demostró lo que un Estado puede lograr cuando prioriza el bienestar colectivo ...
Ahora toca hablar de cómo lo hacen. De los mecanismos exactos que han permitido a la ultraderecha ganar tanta influencia entre los jóvenes. Y hay cuatro que son clave. Primero: el algoritmo. Las redes sociales están diseñadas para el consumo masivo. Das un like a un contenido, aunque sea mínimo, y la máquina empieza a escupirte cada vez más material relacionado. Para la ultraderecha, esto es oro puro : su contenido no pasa por ningún filtro editorial serio, se viraliza sin control y, poco a poco, el usuario pierde la capacidad de distinguir la mentira de la verdad. El algoritmo no te radicaliza de golpe; te cocina a fuego lento. Segundo: los memes. Sí, esos memes que a todos nos encantan —a mí incluido—. Pero convertir una ideología política en meme tiene un efecto perverso: transmite una idea nociva mientras te permite excusarte del racismo y el odio que estás difundiendo con la coartada del "humor negro" . La normalización llega a niveles grotescos. Hace unos meses se hiz...