Si este es nuestro primer post, empecemos con una verdad incómoda: el ascenso de la ultraderecha —o, en esencia, del fascismo— entre los jóvenes no es una moda pasajera. Es el síntoma de una desesperación profunda, consciente o inconsciente, alimentada por crisis políticas y económicas asfixiantes: la imposibilidad de acceder a una vivienda, una inflación descontrolada y un futuro incierto. En este caldo de cultivo, partidos como VOX, el PP o Núcleo Nacional aparecen no como salvadores, sino como oportunistas que venden una falsa esperanza. Prometen soluciones mágicas a cambio de un cheque en blanco: que sus seguidores no lean sus programas, no escuchen las críticas y no cuestionen su verdadera naturaleza. Su estrategia es sencilla y cobarde: desviar la atención del fracaso gubernamental señalando con el dedo a los más vulnerables. Inmigrantes, personas trans, homosexuales y mujeres se convierten en el chivo expiatorio perfecto. Es mucho más fácil culpar a un grupo minoritario o hist...